lunes, 13 de noviembre de 2017

RECONSTRUCCIÓN DE SANTANDER en 1941. OPCIÓN ESPECULATIVA

A esta problemática se hace frente en la novela SANTANDER, LA MARINERA, Valnera Literaria 2017, escrita por Javier Tazón. Una obra de recreación histórica en la que se abordan otros muchos aspectos del pasado, del presente y quizá del futuro santanderino. 

    A continuación se recoge la tesis del autor, que informa el conjunto de la novela, sobre la reconstrucción de Santander. Para que el no santanderino comprenda la magnitud del daño causado pro el fuego en aquella noche del 14 al 15 de febrero de 1941, baste decir que afectó a 37 calles, a 377 edificios particulares, seis iglesias y conventos, 1783 viviendas, 508 comercios y 155 hoteles, pensiones y bares. 
¿En qué año sucedió? En 1941. Sólo habían transcurrido dos desde la finalización de la guerra civil. En Europa la guerra mundial estaba en su apogeo. ¿Qué supuso este incendio para el Régimen Franquista? La oportunidad de demostrar que era capaz de reconstruirla, y a lo grande, en un tiempo record. Era Santander, pues, un escaparate internacional para los militares y, sobre todo, un intento de demostrar a sus aliados alemanes e italianos que la España de Franco no era una potencia fascista de tercer orden, sino de vanguardia.
En tal empresa se sumaron todos los esfuerzos posibles en una España escuálida, carente de los más básicos materiales constructivos, en especial hierro, hormigón y  cemento. Pero era preciso exigir a la sociedad el máximo esfuerzo para el bien del sistema político recién nacido.
Dos fueron las opciones planteadas: la de reedificar la ciudad piedra a piedra, tal y como estaba; y la de hacer tabla rasa y trazar una ciudad de nueva planta.
Se optó por lo segundo porque las ventajas de partir de cero eran evidentes: se podrían aumentar las alturas gracias a los desmontes en la zona siniestrada, lo que, sumado a posibles elevaciones irregulares sobre las cumbreras —manejos con los que de antemano  se contaba—, el volumen total quedaba quintuplicado en relación con el anterior al incendio.
El reclamo para la iniciativa privada sería irresistible.
Las ventajas que se dieron a las sociedades de reconstrucción serían un sueño para cualquier constructor de la actualidad:
El Estado puso firmes  las compañías aseguradoras, que no pudieron escurrir el bulto e hicieron frente a los siniestros. Se concedieron préstamos estatales a fondo perdido. Se gestionaron préstamos bancarios a muy bajo interés. Se eximió a los adjudicatarios de impuestos durante veinte años. Se facilitaron materiales a precios irrisorios, sacados de los almacenes estatales. Se reforzaron los registros de la propiedad, garantizando que las fincas obtenidas en los remates fueran inscribibles sin trabas legales como problemas sucesirios y de multipropiedad, todos los cuales se solucionaron en un tiempo récord. Se expropiaron las parcelas resultantes, tras la explanación, con fondos estatales. Se creó la figura de un fiscal que velaría por los derechos de los propietarios ausentes. Es decir, óptimas condicionesy máximas facilidades.
En tales condiciones, levantar un edificio o dos, en el centro de Santander era un regalo. Los inmuebles serían dedicados al mercado de alquiler. Santander se convertiría en una ciudad de inquilinos pudientes, todo un reclamo para los negocios.
Las familias de la pequeña burguesía local crearon sociedades de reconstrucción, con todas las ventajas fiscales imaginables, participaron en las subastas, para las que se estableció un sistema especial de tanteo de forma que ninguno de los propietarios se quedara fuera del reparto, y comenzaron a levantar sus edificios, ya decimos, con miras a dedicarlos al mercado de alquiler.

Entre tanto, los santanderinos de toda la vida, las gentes de la mar y todo tipo de obreros, parados y menesterosos, fueron ubicados en poblados marginales, allá por los más remotos extrarradios.
Pero, para sorpresa de los encantados constructores, llegó al boletín oficial una nueva norma de carácter muy social —clara paradoja del Régimen—. Se trataba de la nueva, sistemática y proteccionista ley de arrendamientos urbanos. Era el momento del máximo apogeo del plan de edificación, con los desmontes hechos, las vigas levantadas, los tejados insinuados; Santander era un bosque de grúas. Se trataba de una regulación muy novedosa, que establecía la obligación de prorrogar el alquiler para el propietario si el inquilino no quería dejarlo al llegar el vencimiento, y sin un sistema de aumento de precios adaptado al IPC, pues tal ratio ni existía. Total, que la perspectiva de los arrendamientos no era rentable porque no se podría echar al inquilino cuando se quisiera. Pero, ¿cómo abandonar proyectos constructivos a coste cero en la práctica? Los empresarios siguieron levantando sus edificios sin perspectiva mercantil de ningún tipo ya. Venderlos, una vez construidos, era impensable, al menos de momento, con una España depauperada; alquilarlos un mal negocio. ¿Qué hacer? Ya se vería, pero era preciso seguir construyendo… ¡Les resultaba tan barato!
Con los edificios en las manos, los viejos tenderos e industriales santanderinos, optaron por llenar los edificios ellos mismos, con sus familias, incluso llamando a los parientes dispersos. Así, en el primer piso vivía el constructor, en el segundo su hermano, en el tercero su tía, en el cuarto otro hermano, una prima del pueblo en la mansarda.


En definitiva, que si sumamos los dos hechos consecuencia de la reconstrucción —la marginación de los santanderinos de pura cepa, de los pescadores, de las gentes marineras en los extrarradios, y la invasión del centro urbano de familiares de los constructores—, tendremos como resultante la causa del tono humano que posee la ciudad hoy día.
Para decirlo con  palabras llanas, los señoritos —también conocidos por el acertado nombre de pijos— ocuparon el centro y dieron tono a la ciudad, y los humildes, digamos para entendernos los raqueros, terminaron en el extrarradio. Venció un tipo humano de santanderino, pero no el único. Triunfó el artificial, el mojigato, el integrista y el adinerado —aunque en muchos casos meros vergonzantes—. Fue relegado el otro tipo, el autóctono, el tradicional, el rebelde, el cantarín y el descarado, es decir, el marinero.

 En torno a este hecho histórico se desenvuelven los personajes de
la novela Santander, la marinera. Viven estos entemezclados, aunqueno revueltos en el marco de la actual ciudad. Son descendientes directos de uno y otro prototipo urbano: el marinero, o menesteroso necesitado, y el hijo-nieto del constructor; la Santander marinera frente a la Santander VIP, o con pretensiones de alcurnia, los dones sin din y los dines sin don,  patria de los pijos. Así los define el Diccionario de la Real Academia: personas que en su vestuario, modales, lenguaje, etc., manifiestan afectadamente gustos propios de una clase social adinerada. También entiende por pijo, como adjetivo, a lo propio de la persona pija o de clase social adinerada.

De todas formas, sostiene en la obra el autor su pesimismo porque considera que las clases dominantes de la ciudad, cualquiera que sea el bando social en el que militen, tienden, desde siempre, a destruir el bellísimo entorno heredado, pues se cometieron desaguisados urbanísticos en tiempos de la República, en los del prontofranquismo, en los del tardofranquismo, en los de la prontodemocracia y en los de la postdemocracia, en que hoy vivimos. El gestor urbanístico santanderino es un pródigo con el patrimonio colectivo, y cree el autor que,  si no se hubiera abrasado la ciudad, el casco antiguo también sería hoy irreconocible, y que si hubiesen triunfado los republicanos, la reconstrucción habría sido similar a como fue, incluso con las mismas teorías y fines que movieron a los vencedores a actuar como lo hicieron. Indicios claros hay para esta hipótesis, y son expuestos, dentro de una trepidante trama novelesca en, Santander, la marinera.

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